Hubo un tiempo, aún reciente, en el que a los actores españoles se les clasificaba por especies, como a las aves o a los peces. Ese afán catalogador, más propio de las ciencias naturales que del arte, se dejaba sentir sobre todo entre la gente de cine, y muy en particular entre productores y directores. Así, si alguien citaba, pensando en el reparto ideal de una película en preparación, el nombre de una eximia actriz reconocida internacionalmente (una Nuria Espert, por ejemplo) o de un actor de sólido prestigio, formado en las mejores escuelas extranjeras (del tipo de José Luis Gómez), lo más frecuente era oír como respuesta única esta frase: Grandes actores, sí, pero de teatro. El cine es otra cosa. Tampoco los poderes fácticos de las tablas se cortaban un pelo en sus juicios si, por el contrario, algún entusiasta de Javier Bardem o Maribel Verdú exponía no ya la intención, sino el mero deseo de poder verlos sobre un escenario. Esos son de cine. El teatro no está hecho para ellos.

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